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16 May iloftmalaga – Balneario Baños del Carmen

De La Farola hasta El Palo. Echas a andar, no pasa el tiempo y, cuando quieres darte cuenta, has recorrido la playa de La Malagueta, perdiendo la cuenta de los blancos chiringuitos que has dejado atrás, símbolos de expansión turística de nuestra tierra. Si además tienes la suerte (o la avidez) de que esto ocurra con la puesta de sol, sencillamente repetirás. Son innumerables placeres los que puedes saborear en Málaga, como esos románticos paseos por sus costas.

Justo en la llegada a Pedregalejo, casi como un puesto fronterizo, encontramos uno de los lugares con más encanto de la costa malagueña, los Baños del Carmen. Emplazado al este de la capital, lindante con el término de la Playa de la Malagueta, este emblemático lugar alberga hoy día un restaurante/terraza con un pasado muy interesante. A su lado una hermosa pero estrecha playa, salvaje y bohemia a la vez. Detrás, un espacio donde la vegetación campa más a sus anchas, entre eucaliptos y maleza, antes de dejar que la playa continúe, ya sí, en el mencionado Pedregalejo.

Más allá de la majestuosa estampa que nos ofrece el sol en su ocaso desde esta ubicación, y que atrae a oleadas de turistas y autóctonos, este lugar tiene más de cien años de historia que han dado para mucho, entre otras cosas, para albergar unos baños (no olvidéis que por aquellos años, hombres y mujeres se separaban para refrescarse en albercas públicas cubiertas, no existía el concepto ‘playa’, tal y como hoy lo conocemos) que, en pleno verano de 1918, vinieron para revolucionar los hábitos estivales del pueblo malagueño. Abiertos al mar y expuestos al Sol, de forma que los bañistas, aún por separado, tomaban color y se refrescaban en los calurosos días de nuestro querido verano. Es fácil afirmar, por ello, que los Baños del Carmen son el germen de algo tan habitual en nuestra tierra como ‘bajar a la playa’, y que baños como Apolo, Diana o La Estrella, cubiertos y sin las bondades del salitre y el yodo de nuestras aguas, perdieron notoriedad en detrimento de los mencionados del Carmen, cuya popularidad creció como crecen las aguas en un temporal de levante.

El Carmen era un lugar distinto, ofrecía lo que no había. Creció exponencialmente, añadiendo un embarcadero, cine a pie de playa, pista de tenis, una fuente de vino de Jerez en lugar de agua… Incluso pocos años más tarde, en 1922, se construyó un estadio de fútbol en el que jugaría el equipo de la ciudad cerca de una década (1933-1941), hasta que viera la luz el estadio La Rosaleda.

Era el lugar de moda en el que tenían lugar fiestas, eventos deportivos (algunos, a nivel nacional), culturales, e incluso políticos. Tantos fueron los eventos, que resulta imposible no tildar de imprescindible este enclave dentro de la vida social de esta ciudad, impulsor natural incluso de una ‘relajación’ en la separación pública de hombres y mujeres (lo normal era aparecer en sociedad con tu pareja sólo si estabas casado/a), aunque el fin de la Guerra Civil devolvió el status quo a su origen.

Ya en la segunda mitad de siglo, se aprecia una disminución de eventos, probablemente por la urbanización y expansión del Centro de Málaga, su oferta cultural y de ocio, y la de sus barrios. En 1958, se construye un camping de 300 plazas, con buena acogida pero pronta pérdida de afluencia, atención e interés. Pese a ello, se mantuvieron el restaurante y la playa privados hasta los años ochenta, a modo de reclamo de usuarios, momento en el que los organismos competentes dictaminan que la playa debía ser de uso público, tal y como la conocemos a día de hoy.

Desde entonces este lugar sigue siendo un regalo para todo el que desee vivirlo, donde todos podemos acceder para probar de sus encantos. Mantiene su coqueta y salvaje playa, con un pequeño muro de piedras, así como su restaurante que, tras años de decadencia, vuelve a funcionar. Cabe decir que, la actual edificación de dos pisos que podemos visitar, lleva construida desde 1933. Restaurante – terraza, literalmente a pocos metros del mar, en algún caso siendo salpicada y malograda tras alguna ola que rompe más violenta que sus hermanas en los temporales de levante, y donde cada puesta de sol es un regalo a los cinco sentidos. Una cocina que juega con tradición y vanguardia, que domina las técnicas actuales respetando el origen y el producto. Desde aperitivos, platos típicos, postres de ensueño, cócteles, y otras delicias.

Sin ningún tipo de duda, un espacio de obligada visita para cualquier viajero/a que quiera conocer la tradición de nuestra ciudad a través de un enclave que ha sido moldeado por la historia, la alta sociedad y, como todo en esta bendita tierra, bronceado por su Sol y azotado por sus mediterráneas olas.

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